La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Navegamos a la deriva, muertos de hambre y, desde que se acabó el agua, atormentados por una terrible sed, por espacio de ocho dÃas y ocho noches. Transcurrido el segundo dÃa, el mar fue apaciguándose lentamente hasta quedar como un espejo. El lector es incapaz de imaginar cómo fueron aquellos ocho dÃas. Por fortuna, nada hay en su memoria que le permita imaginarlo. Pasado el primer dÃa apenas hablamos entre nosotros; permanecÃamos inmóviles en nuestro lugar, mirando al horizonte, u observando, con ojos cada vez más grandes y extraviados, cómo el desánimo y la debilidad se apoderaban de nuestros compañeros. El sol era implacable. El cuarto dÃa se terminó el agua y empezamos a pensar cosas extrañas y a decirlas con la mirada, hasta que el sexto dÃa —creo— Helmar se decidió a expresar de viva voz lo que todos tenÃamos en la cabeza. Recuerdo nuestras voces, débiles y roncas: nos acercábamos mucho unos a otros y ahorrábamos palabras. Yo me opuse con todas mis fuerzas; preferÃa barrenar el bote y que pereciéramos todos entre los tiburones que nos seguÃan, pero cuando Helmar dijo que si aceptábamos su propuesta podrÃamos beber, el marinero se puso de su parte.
