La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Les hice frente, pues en ellos estaba mi destino. Estaba solo, tenÃa un brazo roto y, en el bolsillo, un revólver al que le faltaban dos balas. Entre las astillas esparcidas por la playa encontré las dos hachas con las que habÃan desguazado los botes. La marea subÃa a mis espaldas.
No me quedaba más remedio que echarle valor. Miré fijamente los rostros de los Monstruos que se acercaban. Ellos rehuyeron mi mirada y husmearon con los hocicos temblorosos los cadáveres que yacÃan en la playa a mis espaldas. Avancé unos pasos, recogà el látigo ensangrentado que reposaba junto al cadáver del Hombre Lobo y lo hice restallar.
Se detuvieron y me miraron con extrañeza.
–¡Saludad! –dije–. ¡Inclinaos ante mÃ!
Vacilaron un instante. Uno de ellos dobló las rodillas. Repetà la orden, con el corazón en un puño, y avancé hacia ellos. Primero se arrodilló uno, luego los otros dos.
Me di la vuelta y caminé hacia los cadáveres, sin apartar la vista de los tres Monstruos arrodillados, como un actor que hace mutis por el foro sin quitar la vista del público.
–Quebrantaron la Ley –dije, al tiempo que apoyaba un pie sobre el Recitador–.
