La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau En ese momento me parecieron mulatos, pero llevaban las piernas y los brazos vendados hasta los dedos con una tela fina y sucia de color blanco. Nunca había visto hombres tan cubiertos, y mujeres sólo en Oriente. También llevaban turbantes, bajo los cuales asomaban sus rostros menudos, con la mandíbula inferior prominente y los ojos brillantes. Tenían el pelo negro y lacio, casi como el de un caballo, y viéndolos sentados me pareció que superaban en estatura a cualquier raza de hombres conocida. Cualquiera de ellos le sacaba una cabeza al hombre del pelo blanco, que medía por lo menos 1,80 metros.
Más tarde descubrí que ninguno era más alto que yo, pero tenían el cuerpo anormalmente largo y el muslo muy corto y curiosamente retorcido. En cualquier caso formaban una banda de asombrosa fealdad, y sobre sus cabezas, bajo la vela de proa, asomaba el rostro negro del hombre al que le brillaban los ojos en la oscuridad.
Mientras los observaba, mi mirada se cruzó con la suya, y uno a uno fueron apartando sus ojos de los míos para mirarme de un modo extraño y furtivo. Pensé que tal vez estuviera incomodándolos y centré mi atención en la isla a la que nos acercábamos.