La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau A eso de la una, Montgomery interrumpió el mar de confusión y sospechas en que me habÃan sumido mis pensamientos, seguido de su grotesco ayudante, que traÃa una bandeja con pan, algunas hierbas y otros comestibles, una petaca de whisky, una jarra de agua, tres vasos y tres cuchillos. Miré con recelo a la extraña criatura y la sorprendà observándome con sus enigmáticos ojos. Montgomery dijo que comerÃa conmigo, pero que Moreau estaba demasiado preocupado con cierto trabajo y no podÃa acompañarnos.
–¡Moreau! –exclamé yo–. Conozco ese nombre.
–¿Cómo diablos va a conocerlo? –respondió–. ¡Qué estúpido he sido! No deberÃa haberle dicho nada. De todos modos, eso le permitirá intuir cuáles son nuestros misterios.
¿Whisky?
–No, gracias. Soy abstemio.
–¡Ojalá yo lo fuera! Pero de nada sirve cerrar la puerta cuando el caballo ya ha sido robado. Fue este brebaje infernal lo que me trajo aquÃ. Eso y una noche de niebla. Me consideré afortunado cuando Moreau me ofreció salir de allÃ. Es curioso...
–Montgomery –dije bruscamente cuando la puerta de fuera se cerró–, ¿por qué ese hombre tiene las orejas puntiagudas?
