La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Me alejé a grandes zancadas entre la maleza que cubría el promontorio por detrás de la casa, crucé la sombra de un denso grupo de árboles de troncos rectos, hasta que me encontré al otro lado del promontorio y descendiendo hacia un riachuelo que fluía por un angosto valle. Me detuve y escuché. La distancia recorrida, o la masa de vegetación, amortiguaban cualquier sonido procedente del recinto. El aire estaba en calma. De pronto se oyó un crujido, y un conejo pasó corriendo por delante de mí, colina arriba. No sabía qué hacer y me senté a la sombra.
Era un lugar agradable. El arroyo quedaba oculto por la exuberante vegetación de las orillas, salvo en un punto, donde vislumbré un triángulo de agua brillante. A través de una neblina azul, en la otra orilla, divisé una maraña de árboles y enredaderas, y más arriba el luminoso azul del cielo. Aquí y allá una mancha blanca o carmesí revelaba la presencia de una epifita rastrera. Dejé vagar la mirada sobre la escena durante un rato y luego volví a dar vueltas a las extrañas peculiaridades del ayudante de Montgomery. Pero hacía demasiado calor para pensar y no tardé en sumirme de nuevo en un placentero estado, a medio camino entre el sueño y la vigilia.
