La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Al acercarme a la casa vi que la luz que brillaba salÃa por la puerta abierta de mi habitación; luego oà la voz de Montgomery que gritaba desde la oscuridad junto a la franja anaranjada:
–¡Prendick!
Seguà corriendo. Al rato volvà a oÃrlo. Repliqué un débil «¡hola!» y poco después llegué hasta él, tambaleándome.
–¿Dónde estaba? –dijo, cogiéndome por el brazo de tal modo que la luz de la habitación me dio de lleno en la cara–. Hemos estado tan ocupados que nos olvidamos de usted hasta hace cosa de media hora.
Me hizo entrar en la habitación y me sentó en la mecedora. Estuve un rato cegado por la luz.
–No se nos ocurrió que se irÃa a explorar la isla sin avisarnos –y acto seguido añadió–: ¡Estaba asustado! Pero... ¿qué...? ¡Hola!
La poca fuerza que me quedaba terminó por abandonarme y la cabeza se me cayó sobre el pecho. Creo que experimentó cierta satisfacción al darme un poco de coñac.
–¡Por el amor de Dios, cierre la puerta! –exclamé.
–Se ha encontrado con algunas de nuestras curiosidades, ¿verdad?
