La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Con la irracional esperanza de escapar, me vino a la memoria el recuerdo de que la puerta exterior de la habitación todavía estaba abierta. Estaba convencido, absolutamente seguro, de que Moreau estaba practicando la vivisección con un ser humano. Desde que oí su nombre por primera vez había intentado establecer alguna relación entre el grotesco animalismo de los isleños y las aberraciones de Moreau; ahora lo comprendía todo.
Recordé sus investigaciones sobre la transfusión de sangre. ¡Las criaturas que había visto eran víctimas de un atroz experimento!
La intención de esos repugnantes caballas no había sido otra que retenerme y despistarme con sus muestras de confianza para luego obsequiarme con un destino aún más terrible que la muerte, la tortura, y, tras la tortura la más terrible degradación que imaginarse pueda: abandonarme como a una bestia, como a un alma perdida, junto al resto de los Salvajes. Miré a mi alrededor buscando un arma. Nada. Luego, en un arrebato de inspiración, le di la vuelta a la hamaca y partí el brazo de una patada. Quiso el azar que un clavo quedara en la punta de la madera, transformando en peligrosa arma un objeto de otro modo inofensivo. Oí pasos y, sin poder evitarlo, abrí la puerta.
Montgomery se encontraba a menos de un metro y se disponía a cerrar la puerta con llave.
