La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Algo frÃo me rozó la mano. Me sobresalté con violencia y, muy cerca de mÃ, vi una cosa de color rosado, lo más parecido a un niño desollado que quepa imaginar. TenÃa exactamente los rasgos dulces, aunque repugnantes, del perezoso: la misma frente hundida y los mismos gestos lentos. A medida que me fui acostumbrando al cambio de luz, pude distinguir más cosas a mi alrededor. El perezoso me observaba atentamente y mi guÃa habÃa desaparecido.
El lugar era un estrecho pasillo entre altas paredes de lava, con una abertura en su rugosa caÃda, y, a ambos lados, montones de palletes, hojas de palma en forma de abanico y cañas apoyadas contra la pared formaban un conjunto de impenetrables, toscas y oscuras madrigueras. El tortuoso sendero que ascendÃa por el barranco apenas superaba los tres metros de ancho y estaba cubierto de fruta podrida y otros desperdicios, lo que explicaba el desagradable hedor del lugar.
