La máquina del tiempo
La máquina del tiempo QuerÃa cogerlas y jugar con ellas. Creo que se hubiese arrojado dentro de no haberla yo contenido. Pero la levanté y, pese a sus esfuerzos, me adentré osadamente en el bosque. Durante un breve rato, el resplandor de aquel fuego iluminó mi camino. Al mirar luego hacia atrás, pude ver, entre los apiñados troncos, que de mi montón de ramaje la llama se habÃa extendido a algunas matas contiguas y que una lÃnea curva de fuego se arrastraba por la hierba de la colina. Aquello me hizo reÃr y volvà de nuevo a caminar avanzando entre los árboles obscuros. La obscuridad era completa, Y Weena se aferraba a mà convulsivamente; pero como mis ojos se iban acostumbrando a las tinieblas, habÃa aún la suficiente luz para permitirme evitar los troncos. Sobre mi cabeza todo estaba negro, excepto algún resquicio de cielo azul que brillaba aquà y allá sobre nosotros. No encendà ninguna de mis cerillas, porque no tenÃa las manos libres. Con mi brazo izquierdo sostenÃa a mi amiguita, y en la mano derecha llevaba mi barra de hierro.