La máquina del tiempo
La máquina del tiempo —Estoy atrozmente ocupado —dijo— con esa cosa de allÃ.
—Pero ¿no es broma? —dije—. ¿Viajó usted realmente a través del tiempo?
—Asà es real y verdaderamente.
Clavó francamente sus ojos en los mÃos. Vaciló. Su mirada vagó por la habitación.
—Necesito sólo media hora —continuó—. Sé por qué ha venido usted y es sumamente amable por su parte. Aquà hay unas revistas. Si quiere usted quedarse a comer, le probaré que viajé a través del tiempo a mi antojo, con muestras y todo. ¿Me perdona usted que le deje ahora?
AccedÃ, comprendiendo apenas entonces toda la importancia de sus palabras; y haciéndome unas señas con la cabeza se marchó por el corredor. Oà la puerta cerrarse de golpe, me senté en un sillón y cogà un diario. ¿Qué iba a hacer hasta la hora de comer? Luego, de pronto, recordé por un anuncio que estaba citado con Richardson, el editor, a las dos. Consulté mi reloj y vi que no podÃa eludir aquel compromiso. Me levanté y fui por el pasadizo a decÃrselo al Viajero a través del Tiempo.