La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Y volviéndose hacía el Psicólogo, le cogió la mano y le dijo que extendiese el índice. De modo que fue el propio Psicólogo quien envió el modelo de la Máquina del Tiempo hacia su interminable viaje. Vimos todos bajarse la palanca. Estoy completamente seguro de que no hubo engaño. Sopló una ráfaga de aire, y la llama de la lámpara se inclinó. Una de las bujías de la repisa de la chimenea se apagó y la maquinita giró en redondo de pronto, se hizo indistinta, la vimos como un fantasma durante un segundo quizá, como un remolino de cobre y marfil brillando débilmente; y partió... ¡se desvaneció! Sobre la mesa vacía no quedaba más que la lámpara.
Todos permanecimos silenciosos durante un minuto.
—¡Vaya con el chisme! —dijo Filby a continuación.
El Psicólogo salió de su estupor y miró repentinamente de la mesa. Ante lo cual el Viajero a través del Tiempo rió jovialmente.
—Bueno, ¿y qué? —dijo, rememorando al Psicólogo; después se levantó, fue hacia el bote de tabaco que estaba sobre la repisa de la chimenea y, de espaldas a nosotros, empezó a llenar su pipa.
Nos mirábamos unos a otros con asombro.
—Dígame —preguntó el Doctor—: ¿ha hecho usted esto en serio? ¿Cree usted seriamente que esa máquina viajará a través del tiempo?