La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Allí encontré un asiento hecho de un metal amarillo, que no reconocí, corroído a trechos por una especie de orín rosado y semicubierto de blando musgo; tenía los brazos vaciados y bruñidos en forma de cabezas de grifo. Me senté y contemplé la amplia visión de nuestro viejo Mundo bajo el Sol poniente de aquel largo día. Era uno de los más bellos y agradables espectáculos que he visto nunca. El Sol se había puesto ya por debajo del horizonte y el oeste era de oro llameante, tocado por algunas barras horizontales de púrpura y carmesí. Por debajo estaba el valle del Támesis en donde el río se extendía como una banda de acero pulido. He hablado ya de los grandes palacios que despuntaban entre el abigarrado verdor, algunos en ruinas y otros ocupados aún. Aquí y allá surgía una figura blanca o plateada en el devastado jardín de la Tierra, aquí y allá aparecía la afilada línea vertical de alguna cúpula u obelisco. No había setos, ni señales de derechos de propiedad, ni muestras de agricultura; la Tierra entera se había convertido en un jardín.

Contemplando esto, comencé a urdir mi interpretación acerca de las cosas que había visto, y dada la forma que tomó para mí aquella noche, mi interpretación fue algo por el siguiente estilo (después vi que había encontrado solamente una semiverdad, o vislumbrado únicamente una faceta de la verdad):