Tono-Bungay

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Mi tarea especial y propia era darle al Tono-Bungay sustancia y una botella visible y llamativa, trasladar la gran imaginación de mi tío a la creación de una caja tras otra de etiquetadas botellas de necedad, y su puntual envío por ferrocarril, carretera y barco hacia su último destino en el Gran Estómago de la Gente. Según todos los estándares modernos el negocio era, como decía mi tío, «absolutamente bona fide». Vendíamos nuestro producto y obteníamos dinero, que gastábamos honestamente en mentiras y voceríos para vender más producto. Nos íbamos extendiendo zona tras zona por todas las islas Británicas; primero trabajándonos los suburbios londinenses de clase media, luego los suburbios exteriores, luego las casas campestres, luego yendo (con nuevos carteles y una publicidad más «piadosa») a Gales, un gran campo desde siempre para un nuevo específico, y luego a Lancashire. Mi tío tenía en la pared de su oficina interior un gran mapa de Inglaterra, y a medida que ocupábamos nuevas secciones de la prensa local y nuestros envíos invadían nuevas áreas, las banderitas y las señales correspondientes a los pedidos indicaban nuestros progresos.

—¡La aventura del comercio moderno, George! —decía mi tío, frotándose las manos y expeliendo el aire entre sus dientes—. La aventura del comercio moderno. La conquista. Provincia a provincia. Como invasores.


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