Tono-Bungay
Tono-Bungay —Maldito tipo listo —dijo mi tÃo, después de que se hubiera marchado—. Conozco a un hombre apenas lo veo. Lo hará. Borracho perdido, seguro, pero eso lo único que hace es conseguir que algunos hombres sean más brillantes. Si desea hacer ese cartel, puede hacerlo. Zzzz. Esa idea suya acerca de los rábanos picantes. Hay algo ahÃ, George. Voy a pensar sobre ello…
Debo decir inmediatamente que mi proyecto de cartel quedó en nada al final, aunque Ewart dedicó una interesante semana al asunto. Dejó que su desafortunada disposición a la ironÃa lo dominara. Produjo un cuadro de dos castores con un sutil parecido, dijo, a mà y a mi tÃo —el parecido de mi tÃo no era del todo malo—, embotellando hileras e hileras de Tono-Bungay, con la leyenda «Comercio moderno». Por supuesto no hubiera vendido ni una caja, aunque estuvo de acuerdo conmigo en el transcurso de una alegre velada que indudablemente «despertarÃa curiosidad». Además, produjo un sorprendente estudio de mi tÃo, excesiva e innecesariamente desnudo pero, por todo lo que fui capaz de juzgar, de un admirable parecido, dedicado a hazañas de fuerza de un tipo gargantuesco ante una audiencia de nerviosas y escandalizadas damas. La leyenda de abajo, «Salud, Belleza, Fuerza», daba un necesario punto de referencia a su parodia. Este lo colgó en su estudio encima de la tienda de ultramarinos, con un trozo de papel marrón cubriéndolo a guisa de cortina para acentuar su difamatorio insulto.