Tono-Bungay
Tono-Bungay Cómo robé los montones de quap de la Isla Mordet
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—Vamos a tener que luchar por ello —dijo mi tÃo—. ¡Tenemos que enfrentarnos a la música!
Recuerdo que apenas lo vi tuve una sensación de inminente calamidad. Estaba sentado bajo la luz eléctrica, con la sombra de su pelo trazando lÃneas en su rostro. ParecÃa como arrugado, como si su piel se hubiera vuelto de pronto fláccida y amarillenta. La decoración de la estancia parecÃa haber perdido su frescura, y fuera —las persianas estaban alzadas— no habÃa tanto niebla como una parda oscuridad. Uno veÃa los contornos de las deslustradas chimeneas opuestas la una a la otra de una forma muy definida, y luego ese cielo amarronado que tan solo Londres puede exhibir.
—Vi un cartel —dije—. «Más Ponderividad».
—Ese es Boom —gruñó mi tÃo—. Boom y sus malditos periódicos. Está intentando hacerme caer. Desde que le ofrecà comprarle el Daily Decorator ha estado tras de mÃ. Y piensa que fusionando Art Do bajará la publicidad. ¡Lo quiere todo, maldito sea! No tiene el sentido de los negocios. ¡Me gustarÃa abofetearle!
—Bien —dije—, ¿qué hay que hacer?
—Seguir adelante —contestó mi tÃo.
Mordisqueó su puro.
