Tono-Bungay
Tono-Bungay La extinción del cohete
1
Aquella tarde hablé con mi tÃo en el Hardingham por última vez. La atmósfera del lugar se habÃa transformado de una forma impresionante. En lugar de la multitud de importunos aduladores habÃa tan solo media docena de poco atrayentes hombres, periodistas aguardando una entrevista. Ropper, el gran portero uniformado, estaba todavÃa allÃ, pero ahora estaba evidentemente defendiendo a mi tÃo de algo más que las intrusiones que podÃan hacerle perder el tiempo. Encontré al hombrecillo solo en la oficina interior, fingiendo trabajar pero en realidad rumiando. TenÃa un aspecto amarillento y deshinchado.
—¡Señor! —dijo al verme—. Estás delgado, George. Hace que se te vea más esa cicatriz tuya.
Nos miramos gravemente el uno al otro por un tiempo.
—El quap —dije— está en el fondo del Atlántico. Hay algunas facturas… Tenemos que pagar a los hombres…
—¿Has visto los periódicos?
—Los leà todos en el tren.
—A raya —dijo—. Los he mantenido a raya durante toda una semana… Aullando en torno mÃo… Y yo haciendo frente a la música. Estoy empezando a sentirme un poco cansado.
