Tono-Bungay
Tono-Bungay —La vida es una cosa extraña, George —empezó—. ¿Quién hubiera pensado, cuando zurcÃa tus calcetines en el viejo Wimblehurst, que este iba a ser el final de la historia? Ahora me parece algo muy lejano… Aquella pequeña tienda, nuestro primer hogar. ¡El brillo de las botellas, las multicolores botellas! ¿Recuerdas cómo se reflejaba la luz en los cajones de caoba? ¡Las pequeñas letras doradas! ¡Ol Amjig, y S’nap! Puedo recordarlo todo, claro y resplandeciente, como una pintura holandesa. ¡Real! Y ayer. Y aquà estamos hoy, en un sueño. Tú un hombre… y yo una vieja, George. Y el pobre pequeño Teddy, que acostumbraba a ir siempre de un lado para otro y a hablar sin parar, haciendo ese terrible ruido que hacÃa… ¡Oh!
Se ahogó con sus propias palabras, y las lágrimas fluyeron sin restricción. Lloró, y me alegró verla llorar…
Permaneció inclinada sobre el puente; mantenÃa el pañuelo empapado en lágrimas firmemente sujeto en su puño.
—Solo una hora en la vieja tienda de nuevo… y él hablando. Antes de que pasaran las cosas. Antes de que se apoderaran de él. Y le embaucaran.
»Los hombres no deberÃan verse tentados de esa manera por los negocios y esas cosas…
»¿Le hicieron daño, George? —preguntó de pronto.