Tono-Bungay

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Nunca he vuelto a visitar Chatham; la impresión que dejó en mi mente fue de una escuálida huella, no iluminada por el menor rayo de madura caridad. Todos sus efectos se alineaban antitéticamente a los efectos de Bladesover. Confirmaban e intensificaban todo lo que Bladesover sugería. Bladesover afirmaba ser el país, ser esencialmente Inglaterra; ya he contado cómo sus grandes espacios libres, su amplia dignidad, parecían empujar pueblo, iglesia y parroquia a rincones, a un significado secundario y condicional. Aquí uno recolectaba el corolario de aquello. Puesto que toda la extensa región de Kent estaba formada de Bladesovers contiguos y destinados a la nobleza, el excedente de población, todos aquellos que no eran buenos arrendatarios o buenos trabajadores, de la Iglesia de Inglaterra, sumisos y respetuosos, fueron necesariamente echados juntos, arrojados fuera de la vista, para evitar que contaminaran como podían haberlo hecho un lugar que poseía los colores e incluso los aromas de un cubo de basura cuidadosamente envuelto. Y deberían sentirse agradecidos por ello; o al menos, uno tenía la sensación de que esa era la teoría.

Y yo vagaba por aquel erial de atestada escualidez con jóvenes, receptivos, enormemente abiertos ojos, y a través de las bendiciones (por supuesto) de alguna de mis hadas madrinas, preguntando y preguntando de nuevo:

—Pero, después de todo, ¿por qué…?


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