La piedra de toque
La piedra de toque A la mañana siguiente se levantó con una nueva sensación de vida, como si aquella hora de muda comunión con Margaret Aubyn hubiera constituido la más exquisita renovación de sus primeros encuentros. Lo primero que pensó al despertarse fue que debía verla de nuevo; y, mientras su mente tomaba conciencia de sí misma, sintió un miedo intenso a perder aquella sensación de cercanía. Pero aún la tenía cerca: su presencia era la única realidad que le quedaba en aquel mundo de sombras. Durante las horas de trabajo volvía a revivir con increíble menudencia cada episodio de su oculto pasado, como el hombre que ha logrado dominar el espíritu de una lengua extranjera vuelve a pasar con asombro las páginas de su lejana juventud. En esta lúcida retrospección, hasta el detalle más trivial adquiría significado, aunque para Glennard el éxtasis de recuperarlo se veía ensombrecido al contemplar todas sus lagunas. Había sido un estúpido insensible y lamentable. Y había ironía en el pensamiento de que, si no llega a ser por la crisis que estaba atravesando, habría vivido para siempre en la complaciente ignorancia de lo que se había perdido. Era como si ella lo hubiera comprado con su sangre…