La piedra de toque
La piedra de toque Al seguirla escaleras arriba sintió un repentino resurgimiento de su ira latente. Sus sentimientos habían perdido toda su complejidad artificial. Ya la había absuelto de ser cómplice de su bajeza y lo único que sentía era que la amaba y que ella se le había escapado. Sin embargo, el pensamiento que predominaba era bastante extraño: tenía la certeza de que ambos se habían visto sometidos a la fusión del amor y habían salido tan separados y sin posibilidad de comunicarse que parecía que la transmutación nunca hubiese tenido lugar. Todas las demás pasiones, pensó, dejaban alguna huella a su paso; pero el amor se borraba como la estela de un barco sobre las aguas.
Alexa se sumergió en su asiento de siempre junto a la lámpara y él se apoyó en la chimenea y se puso a cambiar de sitio distraídamente las figurillas de la repisa.
De repente, la vio reflejada en el espejo. Lo estaba mirando. Glennard se dio la vuelta y sus ojos se encontraron.
Atravesó la habitación y se detuvo delante de ella.
—Hay algo que quiero decirte —comenzó a decir en voz baja.