La piedra de toque
La piedra de toque —¿No dicen —preguntó, sintiendo que andaba a tientas, como con una especie de tierna inquietud— que los primeros cristianos, en lugar de derribar los templos paganos, los templos de los dioses impuros, los purificaban adaptándolos a sus propias costumbres? Siempre he creÃdo que debe hacerse lo mismo con las propias acciones… con las acciones que uno condena, pero que no puede deshacer. Me refiero a que uno puede cometer algún error que conduzca a otros errores o construir un muro impenetrable a su alrededor… —su voz titubeó en la última palabra—. No siempre podemos derribar los templos que hemos construido para los dioses impuros, pero podemos poner buenos espÃritus en la casa del diablo: los espÃritus de la misericordia, de la vergüenza, de la comprensión, que nunca habrÃan acudido a nosotros si no estuviéramos tan necesitados…
Se acercó y posó su mano temblorosa sobre la de él. La cabeza de Glennard continuó gacha y no cambió de postura. Ella se sentó a su lado sin decir nada; pero sus silencios eran ahora fértiles como las nubes de lluvia: hacÃan que las semillas del entendimiento brotaran más rápido.
Por fin levantó la vista.