La piedra de toque
La piedra de toque Nunca se imaginó que las cosas serían así. Después de aquellas primeras y odiosas semanas que empleó en preparar las cartas para su publicación, en enviárselas a Flamel y en negociar con los editores, la transacción le había hecho perder la conciencia, sumergiéndola en ese limbo desconocido al que relegamos los actos que preferiríamos no haber cometido, pero que no sabemos cómo deshacer. Desde el momento en que la señorita Trent le había hecho la promesa de no embarcar con su tía, su primera obligación fue para con ella: se había convertido en su conciencia. La suma obtenida de los editores gracias a las diestras manipulaciones de Flamel, oportunamente transferida a la exitosa empresa de Dinslow, le proporcionó un rendimiento que, combinado con sus ganancias profesionales, eliminaron las preocupaciones de su modo de vida, convirtiéndolo en la expresión de una elegante preferencia por la simplicidad. Aunque no habría estado mal que la mitigada pobreza consintiera en poner algunas flores en la mesa del comedor. Glennard apenas empezaba a sentir el magnetismo de la prosperidad. Los clientes que habían pasado de largo por su puerta en aquellos días de hambre ahora la buscaban sabiendo que albergaba el nombre de un hombre de éxito. Por todos era conocido que una pequeña herencia, sabiamente invertida, era la fuente de su fortuna; y pensaban que un hombre que había sacado tan buen rendimiento de su dinero podía hacer lo mismo con el de los demás.