La piedra de toque

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Capítulo VIII

Capítulo VIII

Aunque tal vez fuera de forma inconsciente, Glennard seguía de buen humor. Siempre se había enorgullecido de cierta solidez en su carácter que lo capacitaba para enfrentarse con firmeza a lo inevitable, para convertir sus fracasos en los materiales constructores del éxito. Ahora ni siquiera se le pasaba por la cabeza que lo que él llamaba «lo inevitable» había sido casualmente la mejor alternativa hasta entonces, y apenas se daba cuenta todavía de que su problema actual no iba a desaparecer por mucho que fingiera indiferencia. Algunas tristezas convierten el alma en una casa espaciosa, pero la de Glennard era tan miserable que no podía mantenerse erguido. Se le venía encima con cada movimiento. Pensaba que ello se debía a la imposibilidad de escapar de las pruebas visibles de sus actos. Dondequiera que fuera se encontraba con las Cartas. Gente que nunca había abierto un libro discutía sobre ellas con reticencia, y su lectura se había convertido en una obligación social dentro de unos círculos en los que la literatura no había logrado penetrar nunca antes, salvo por motivos personales.



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