La piedra de toque
La piedra de toque El resultado inmediato de sus primeras semanas de desdicha fue la decisión de trasladarse a la ciudad para pasar el invierno. Sabía que este cambio de rumbo estaba a punto de sobrepasar las fronteras de la prudencia, pero serviría para calmar los miedos de Alexa, que, escrupulosa como era en la gestión de la casa, guardaba esa actitud tan propia de las mujeres americanas de mantenerse al margen de los asuntos profesionales de su marido. Glennard sabía que no podía fiarse de sí mismo en todo un invierno a solas con ella. Le aterrorizaba exageradamente que descubriera la verdad sobre las cartas, pero no estaba seguro de tener ánimo para enfrentarse al impulso suicida de una confesión. Su propia alma, sedienta de lástima y compasión, se moría por una voz comprensiva que se apiadara de él. Pero ¿lo haría su mujer? ¿Lo comprendería? De nuevo se tropezó bruscamente con la increíble ignorancia sobre su carácter. El hecho de que supiera bastante bien cómo reaccionaría ante los asuntos urgentes de la vida cotidiana, de que pudiera contar, en semejantes contingencias, con la valentía y la franqueza que siempre había adivinado en ella, lo hacía desistir de involucrarla en la tortuosa psicología de un acto que él mismo ya no podía explicar ni comprender. Habría sido más sencillo si ella hubiera sido más compleja, más femenina, si pudiera haber contado con su supuesta compasión o con su estupidez moral, pero no estaba seguro de ninguna de las dos. No estaba seguro de nada, salvo de que debía evitarla durante algún tiempo. Glennard no podía deshacerse del delirio de que su actuación cesaría enseguida para dar paso a las consecuencias. Por nada del mundo se habría molestado en reconocer que estaba en su mano calmar sus emociones: prefería complacerse con la vaga hipótesis de que las circunstancias externas borrarían de algún modo la mancha de su conciencia. En los peores momentos de autodegradación, trataba de encontrar consuelo pensando que Flamel había aprobado este cambio de rumbo. Al principio, Flamel podría haber averiguado a quién iban dirigidas las cartas, pero ni entonces ni después había dudado en recomendar su publicación. Este pensamiento lo acercaba a él en intermitentes conatos de cordialidad, cada uno de los cuales desprendía acusados efectos de desconfianza y aversión. Cuando Flamel no estaba en la casa, echaba de menos el apoyo tácito de su complicidad, pero cuando estaba allí, su presencia era la personificación de una exigencia intolerable.