Santuario

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Se vistió temprano para desayunar con él, pero al entrar en el comedor la sirvienta le dijo que el señor Peyton se había quedado dormido y había dado orden de que le subieran el desayuno a su habitación. ¿Era un pretexto para evitarla? Se sentía molesta por su propia disposición a ver indicios en los episodios más simples; pero aunque se ruborizara ante sus propias dudas, a la vez permitía que la dominaran. Dejó abierta la puerta del comedor decidida a verle si bajaba mientras ella estaba desayunando; luego regresó a la salita y se sentó ante su escritorio, intentando mantenerse ocupada con unos cálculos mientras esperaba escuchar sus pasos. Había dejado también aquí la puerta abierta, pero en ese momento incluso un cambio tan leve en sus costumbres diarias le pareció una incoherencia en la actitud pasiva que había adoptado, así que se levantó y la cerró. Podría oír sus pasos en las escaleras —Dick había heredado la rápida cadencia de su padre al andar— pero, mientras escuchaba e intentaba escribir en vano, la puerta cerrada parecía simbolizar una negativa a compartir su sufrimiento, una manera de endurecerse ahora que él podía necesitarla. ¿Y si bajaba con la intención de hablar, y al creer que le había vuelto la espalda se olvidaba de su propósito? Obstáculos más leves han desviado el curso de los acontecimientos en esos confusos momentos en que el alma flota entre dos mareas. Se levantó rápidamente y, al poner la mano en el picaporte, oyó sus pasos en las escaleras.


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