Santuario
Santuario La señora Peyton llegó a su casa presa de ese estado de agotamiento que sobreviene tras una lucha física. Tenía la impresión de que su charla con Clemence Verney había supuesto un combate real, que habían estado midiendo sus fuerzas. Por un instante se asustó de lo que había hecho. Se sentía como si hubiera entregado a su hijo al enemigo. Pero pronto recuperó su equilibrio moral, y pensó que simplemente había trasladado el conflicto a la única posición en que podría resolverse, ya que el premio por el que se combatía y el propio campo de batalla habían pasado a ser una misma cosa. Su reacción la dejó en una situación de desamparo al comprender que había permitido que todo el asunto quedara fuera de su alcance. Pero puesto que, según su último análisis, nunca lo había estado, y puesto que por encima de todo era necesario que el toque final lo diera cualquier mano excepto la suya, encontró enseguida valor para dejarse llevar hacia la inactividad. Había hecho todo lo que había podido, incluso más, quizá, de lo que la prudencia recomendaba, y ahora no podía hacer otra cosa más que esperar pacientemente el siguiente movimiento de todas aquellas fuerzas que ella misma había puesto en marcha.
