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Capítulo XI

Necesitaba, desde luego, una explicación. Su sorpresa era completa y abrumadora. Se quedó inmóvil, con las manos temblorosas entre las de su hijo, hasta que vio cómo él se sonrojaba. Enseguida comenzó a advertir que la confiada presión de los dedos de él se relajaba.

—Entonces, ¿no lo habías adivinado? —exclamó él, levantándose y alejándose de ella.

—No. No lo había adivinado —confesó ella con un tono de voz casi inaudible.

Él se quedó de pie, entre desafiante y a la defensiva.

—¿Y no tienes nada que decirme? ¡Madre! —imploró.

Ella se levantó también, y le abrazó dándole un beso.

—¡Dick! ¡Mi querido Dick! —murmuró.

—Ella cree que no te gusta. Dice que es algo que siempre ha sabido. Y, no obstante, admite que has sido encantadora con ella y que has intentado ganarte su amistad. Yo pensaba que sabías lo mucho que significaría para mí, ahora mismo, acabar con esta incertidumbre, y creí que habías intentado ayudarme, intercediendo por mí. Pensaba que habías sido tú quien había logrado que ella se decidiera.

—¿Yo?


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