Santuario
Santuario Finalmente subió a cambiarse para la cena. Una apariencia fantasmal le devolvía la mirada desde el espejo del tocador. Observó cómo aquella visión iba ejecutando las mecánicas labores del aseo, vistiéndose sin necesitar, al parecer, ayuda alguna por su parte. Cada pequeño movimiento resultaba excesivo para el confuso estado de su mente: cuando habló con su criada su voz sonó extraordinariamente alta. Su casa nunca había estado tan silenciosa. Aunque… ¡Un momento! Sí. Había padecido aquel mismo silencio en una ocasión, cuando Dick, en sus días de escuela, cayó enfermo y ella pasó la noche decisiva en vela, a su lado. El silencio había sido entonces igual de profundo e igual de terrible. Mientras terminaba de vestirse pudo ver, allí, ante ella, el dormitorio de su hijo, la cama en la que dormía, su cabeza inquieta hundida en la almohada, sus habituales pecas sobre su tan abatido y extraño rostro. Aquella podía ser la vigilia de su muerte. Los médicos le habían dicho que debía estar preparada. Y, en medio de todo aquel silencio, su alma había luchado por su hijo; su amor se había elevado sobre él como un par de alas. Su abundante, odiosa e inútil vida había hecho lo imposible para introducirse en las vacías venas del niño. Y había tenido éxito. Ella le había salvado. Había vertido su vida en él y, al día siguiente, en lugar de aquella extraña criatura a la que había velado durante toda la noche, pudo estrechar por fin a su propio hijo contra su pecho.