Santuario
Santuario El funeral se celebró a la mañana siguiente y, al regresar del cementerio, Dick le dijo a su madre que debía ir a revisar las cosas de la oficina de Darrow. El día anterior había tenido noticias de la tía de su amigo, una persona desvalida a quien le resultaba difícil telegrafiar e inconcebible viajar, y quien, en ocho páginas de retórica carente de signos de puntuación, le cedía a Dick lo que ella definió como el triste privilegio de liquidar los asuntos de su sobrino.
La señora Peyton miraba con inquietud a su hijo:
—¿No hay nadie que pueda hacer todo eso en tu lugar? Debía de tener un empleado o alguien que conociera los pormenores de su trabajo.
Dick negó con la cabeza.
—Últimamente ya no. No hizo mucho durante el invierno, y estos últimos meses lo dejó todo para trabajar exclusivamente en sus planos.
La palabra produjo un leve rubor en las mejillas de la señora Peyton. Era la primera vez que uno de los dos aludía al legado de Darrow.
—Por supuesto, debes hacer todo lo que esté en tu mano —murmuró ella, entrando sola en casa.
