Canto a mi mismo
Canto a mi mismo el tañido de la campana de alarma,
los gritos de ¡Fuego!
el zumbido y el estrépito de las máquinas y de los carros de bomberos, con sus luces de colores, que van pidiendo paso;
oigo el silbato del tren que arrastra su carga pesada de vagones;
oigo la marcha lenta que suena al frente de unos soldados que caminan de dos en dos
(van a hacer guardia ante un cadáver;
hay crespones negros en el asta de las banderas).
Oigo el violoncello (es el lamento de un corazón adolescente),
oigo el cornetÃn que penetra agudo en mis oÃdos y retumba enloquecido en mis entrañas.
Oigo el coro —asisto a una gran ópera—
ahà está el tenor, fuerte y joven como la creación.
La órbita flexible de su boca vierte sobre mà cataratas de gozo.
Oigo a la soprano. (¿Qué vale mi canción comparada con la suya?)
La orquesta me lleva en giros más amplios que los del planeta Urano,
y saca de mà entusiasmos que yo desconocÃa;
me levanta y me hace navegar desnudo por mares indolentes cuyas ondas acarician mi cuerpo.