Canto a mi mismo
Canto a mi mismo Cerca de las doce, y bajo la luz de la luna, se rindió el enemigo.
Avanzaba callada la noche y, sobre el pecho de la sombra, salían enormes y espectrales los dos bultos de los cascos.
Estábamos acribillados, nos seguíamos hundiendo,
y decidimos transbordar a la fragata conquistada.
El capitán, en el alcázar, daba sus órdenes sereno, con el rostro blanco como una mortaja.
A sus pies yacían inertes el mocito que le asistía en la cabina.
y el viejo marino de las crenchas blancas y largas, con bigotes cuidadosamente rizados.
Las llamas se adueñaban del barco,
lamían ya todos los rincones
y las ásperas voces de algunos oficiales pedían todavía la consigna…
En la arboladura y en los mástiles,
entre los cordajes rotos
y los aparejos oscilantes
se vislumbraban trozos de carne humana y miembros desgarrados…
Junto al suave chocleteo de las olas se oía la voz del cirujano,
el ris-ras del bisturí,
el rechinar de la sierra,
el estertor sibilante del moribundo,
