Canto a mi mismo
Canto a mi mismo el cloqueo y el borboteo de la sangre,
gritos agudos y salvajes,
largos lamentos… lo irremediable.
Los cañones descansaban impasibles y mudos
y sobre los efluvios de los juncos y de las flores de la costa cercana, que la brisa traía como una fúnebre corona y como un lamento a los supervivientes, se levantaba el fuerte olor de la pólvora y de la carne chamuscada.
Arriba, en el cielo remoto, brillaban algunas estrellas silenciosas y funerarias.
¡Eh, remolones, en guardia! ¡Alerta!
La gente amontonada va a derribar las puertas. ¡Estoy loco!
Encarno todas las tragedias:
la del forajido,
la del poseso,
la del convicto,
la del leproso,
la del mendigo…
Me veo encarcelado
y agobiado por una pena negra sin fin.
Los guardianes de la prisión se echan al hombro los fusiles y me vigilan,
me dejan suelto en la mañana y por la noche me vuelven a la celda.
