De profundis y otros escritos de la carcel

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Desde sus nuevos cuarteles empezó a bombardearme con cartas repulsivas. El jueves fui a mi club y encontré la horrible tarjeta de Queensberry. Regresé de inmediato al hotel, donde encontré una carta no menos odiosa de Alfred Douglas. Sentí que estaba entre Calibán y Esporo,[38] y que corría un espantoso peligro a causa de ambos, y, al igual que había salido corriendo del hijo en diciembre de 1893 yendo a París, decidí salir corriendo al instante, de nuevo a París, tanto del padre como del hijo. Por desgracia, la cuenta de los diez días, los últimos en compañía de su camarada, que Alfred Douglas me había enviado a mí era de ciento cuarenta y ocho libras esterlinas, y los empleados del hotel no permitieron que me llevara el equipaje hasta que hubiera pagado todos los gastos, cosa que no podía hacer. En aquel momento llegó A. D., vio la tarjeta de su padre y, burlándose de mi cobardía y mi terror, me empujó al paso fatal. Tropecé como un buey al entrar en el matadero. El último clavo ardiendo al que me agarré fue el gasto. Le dije a Humphreys que no tenía dinero. A. D. se entrometió de inmediato, dijo que su familia estaría encantada de pagar todos los gastos. Humphreys, deseoso de llevar un caso escandaloso, y oliéndose el dinero, cerró el trato al instante. Los dos me condujeron en un carruaje de cuatro ruedas para solicitar una orden de arresto, y aquí estoy, en la cárcel. Creo que Percy debería conocer estos hechos, ya que, a juzgar por la carta de Robbie, la familia Queensberry parece estar hablando a tontas y a locas del caso. Así que escribe a Percy, por favor, y pídele de mi parte que cumpla su promesa.


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