El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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LADY WINDERMERE.- Es usted muy amable, lord Darlington. ( Se levanta y pasa por delante de él hacia la derecha. ) No, no se mueva usted. Voy a acabar de arreglar esas flores. (Se acerca a la mesa donde está el jarrón.)

LORD DARLINGTON.- ( Levantándose también.) Y

debo también decirle, lady Windermere, que sus ideas sobre la vida moderna son demasiado rígidas.

Ya sé que ésta dista mucho de ser buena; confor-mes. Así, por ejemplo, la mayor parte de las mujeres hoy día son bastante venales...

LADY WINDERMERE.- ¡Oh! No hable usted de esa gente.

LORD DARLINGTON. - Pero dejando a un lado a esa gente venal que, desde luego, es siempre lamentable, ¿cree usted seriamente que las mujeres que han cometido eso que en el mundo llaman una falta no deben nunca ser perdonadas?

LADY WINDERMERE.- ( En pie junto a la mesa.)

¡Nunca!

LORD DARLINGTON.- ¿Y los hombres? ¿Cree usted que debe ser la misma ley para los hombres que para las mujeres?

LADY WINDERMERE.- ¡La misma!

LORD DARLINGTON.- ¿No será demasiado compleja la vida para poder gobernarla con esas reglas tan estrictas y tan duras?

LADY WINDERMERE.- Si todos tuviésemos


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