El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere DUQUESA.- ¡Oh! Tratándose de usted, querida Margarita, ya es de suponer que toda será gente muy escogida. Su casa es una de las pocas, en Londres, a que puedo llevar sin miedo a Agatha y a mi marido. ¡Ay! No sé qué va a ser de la sociedad al paso que vamos. ¡Se ve cada señora por esos salones!... En los mÃos, por ejemplo. Y no es culpa mÃa. Los hombres se ponen furiosos si no se les invita.
Realmente, deberÃamos hacer una campaña contra ellos.
LADY WINDERMERE.- Yo lo haré, duquesa. Lo que es en mi casa, le aseguro a usted que no entrará nadie que haya dado que hablar.
LORD DARLINGTON.- ¡Oh! No diga usted eso, lady Windermere. TendrÃa usted que cerrarme la puerta. ( Se sienta.)
DUQUESA. - ¡Oh! Los hombres no importa. Las mujeres ya es muy distinto. ¡Somos demasiado buenas! Algunas, por lo menos. Pero nos están arrinco-nando demasiado. Me parece que nuestros maridos acabarÃan por olvidar nuestra existencia si de cuando en cuando no les molestáramos un poco. ¡Oh!, lo preciso nada más para hacerles recordar que tenemos derecho a hacerlo.