El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville ¡Asesino! ¡Asesino!, repitióse, como si la reiteración pudiera atenuar el horror de la palabra. El sonido de su propia voz le hizo estremecerse; y, sin embargo, casi tuvo esperanzas de que el eco pudiera oírle y despertara la ciudad sumida en sus sueños. Sintió un deseo insensato de detener al primer transeúnte y contárselo todo. Al cabo de un instante prosiguió su camino, vagando por las callejuelas estrechas y vergonzantes que arrancan de Oxford Street.
Dos mujeres, de rostros pintados, se mofaron de él al pasar. De un patio oscuro, llegaron hasta él rumores de golpes y blasfemias, seguidos de agudos gritos, y amontonados bajo un pórtico carcomido de humedad vio los cuerpos encorvados de la pobreza y la vejez. Una extraña piedad se apoderó de él.
¿Estarían fatalmente predestinados como él aquellos hijos del pecado y la miseria? ¿Serían, como él, simples polichinelas de un guiñol monstruoso?
Y, sin embargo, no fue el misterio lo que le hirió, sino la comedia del sufrimiento; su inutilidad absoluta, su grotesca carencia de significación. ¡Cuán incoherente le parecía todo ello! ¡Cuán desprovisto de armonía! Sentíase estupefacto ante el desacuerdo que ofrece el vacuo optimismo de nuestros días y las realidades de la existencia. Aún era muy joven.