El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville A las cuatro, llegaron los periódicos de la noche y Lord Arthur se sumió en la biblioteca, con el Pall Mall, el St. James’s, el Globe y el Echo, con gran indignación del Coronel Goodchild, que deseaba leer la reseña del discurso que había pronunciado aquella mañana en la Alcaldía, con respecto a las Misiones Sudafricanas y la conveniencia de tener obispos negros en todas las provincias. Ninguno de los periódicos, sin embargo, hacía la menor alusión a Chichester y Lord Arthur presintió que su intento había fracasado. Fue para él un golpe terrible y durante algún tiempo se sintió completamente abatido. Herr Winckelkopf, a quien visitó al día siguiente, se deshizo en explicaciones, y le prometió otro reloj libre de gastos, o una caja de bombas de nitro-glicerina, al precio de coste. Pero Lord Arthur había perdido toda confianza en los explosivos y Herr Winckelkopf mismo reconoció que todo estaba ya tan adulterado, que era dificilísimo adquirir dinamita en buenas condiciones. No obstante, el minúsculo alemán, aun admitiendo que algo debía de andar mal en la maquinaria, no perdía la esperanza de que el reloj estallara. Y citó el caso de un barómetro enviado en una ocasión al Gobernador militar de Odessa, dispuesto para que estallara al décimo día, que explotó pasados tres meses. Verdad es, que al estallar, sólo consiguió reducir a átomos a una de las doncellas, por encontrarse el Gobernador en el campo; pero, por lo menos, demostró que la dinamita, como fuerza destructora al servicio de una maquinaria, era un agente poderosísimo, aunque un tanto inexacto. Lord Arthur se sintió aliviado ante esta idea; pero, estaba predestinado a una nueva decepción; dos días más tarde, cuando subía la escalera, le llamó la Duquesa a su tocador, para mostrarle una carta que acababa de recibir de la familia del Deán.