El fantasma de Canterville
El fantasma de Canterville -Todo eso son tonterÃas -exclamó Washington Otis-. El detergente y quitamanchas marca "Campeón Pinkerton" hará desaparecer eso en un abrir y cerrar de ojos.
Y antes de que el ama de gobierno, aterrada, pudiera intervenir, ya se habÃa arrodillado y frotaba vivamente el entarimado con una barrita de una sustancia parecida a un cosmético negro. A los pocos instantes la mancha habÃa desaparecido sin dejar rastro.
-Ya sabÃa yo que el "Campeón Pinkerton" la borrarÃa -exclamó en tono triunfal, paseando una mirada circular sobre su familia, llena de admiración.
Pero apenas habÃa pronunciado esas palabras, cuando un relámpago formidable iluminó la estancia sombrÃa, y el retumbar del trueno levantó a todos, menos a la señora Umney, que se desmayó.
-¡Qué clima más atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encendiendo un largo veguero-. Creo que el paÃs de los abuelos está tan lleno de gente, que no hay buen tiempo bastante para todo el mundo. Siempre opiné que lo mejor que pueden hacer los ingleses es emigrar.
-Querido Hiram -replicó la señora Otis-, ¿qué podemos hacer con una mujer que se desmaya?
-Descontaremos eso de su salario en caja. Asà no se volverá a desmayar.