El Pescador y su alma

El Pescador y su alma

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Su cabel era parecía vel ón de oro, y cada cabel o era como una hebra de oro fino en una copa de cristal. Su cuerpo era del color del marfil, y su cola era de plata y nácar. De plata y nácar era su cola y las verdes hierbas del mar se enredaban sobre el a; y como conchas marinas eran sus orejas, y sus labios eran como el coral. Las olas frías se estrel aban sobre sus fríos senos, y la sal le resplandecía en los párpados bajos.

Tan bel a era aquel a sirenita que cuando el joven Pescador la vio, se sintió sobrecogido de maravil a, alargó la mano y la atrajo hasta él; luego inclinándose sobre el borde de la barca, la tomó en brazos. Pero apenas la tocó, la sirenita gritó como una gaviota asustada, y despertó, y lo miró con sus ojos de amatista l enos de terror, esforzándose en un vano intento de escapar. Él la sujetó poderosamente abrazada, sin dejarla escapar.

Cuando la sirenita comprendió que no había forma de huir se puso a l orar y dijo:

—Te suplico que me dejes en libertad. Soy la hija única de un Rey, y mi padre ya es viejo y vive solo.

Pero el joven Pescador respondió:

—No te soltaré hasta que me prometas que cada vez que te l ame obedecerás mi l amada, y cantarás para mí. A los peces les fascina el oír las canciones del pueblo del mar, y así mis redes estarán siempre l enas.


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