El Pescador y su alma
El Pescador y su alma Cuando entraron, después de atravesar un jardín de granados, el mercader le trajo agua de rosas en un lavatorio de cobre para que se lavara las manos, y melones maduros para que apagara su sed, y un plato de arroz con una porción de cabrito asado para que saciara su hambre.
Una vez que hubo acabado de comer, lo l evó a la habitación para alojados, y le deseó una buena noche. El joven Pescador le dio las gracias, y besó el anil o que su anfitrión l evaba en el dedo. Luego se tendió sobre los tapices de pelo de cabra, y cubierto con pieles de cordero negro, se quedó dormido.
Tres horas antes de salir el sol, cuando todavía era de noche, su alma lo despertó y le dijo:
—Levántate y anda al cuarto del mercader, a la misma habitación donde duerme, y mátalo, y róbale el oro; porque tenemos necesidad de dinero.
El joven Pescador se levantó, como sonámbulo, y se deslizó sigilosamente hasta la alcoba del mercader. A los pies de su anfitrión había una espada curva, y en un azafate, junto a él, nueve bolsas de oro. Extendiendo la mano, el joven Pescador tocó la espada; pero, apenas lo hizo despertó el mercader estremeciéndose y saltando del lecho, empuñó la espada. Y dijo al joven Pescador:
—¿Vas a devolver el bien por mal y pagar con mi sangre la bondad que he tenido contigo?