El Pescador y su alma

El Pescador y su alma

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—Te he referido los placeres del mundo, y no me has escuchado. Déjame ahora que te hable del dolor del mundo y acaso quieras oírme. Porque, en verdad, el dolor es el Rey del mundo, y no hay nadie que pueda escapar de sus redes. A unos les falta ropa, y otros no tienen pan. Hay viudas que se visten de púrpura, y hay viudas que se visten de harapos. A través de los pantanos caminan los leprosos, y son crueles unos con otros. De aquí para al á van los mendigos por los caminos, con sus bolsil os vacíos. Por las cal es de las ciudades pasea el Hambre, y la Peste se estaciona en las puertas. Ven, vamos a remediar todo eso. ¿Para qué vas a quedarte aquí, l amando día y noche a tu amada, si ves que no viene nunca? ¿Qué tanto valor tiene ese amor tuyo para que le des tanta importancia?

Nuevamente el joven Pescador no quiso contestarle; tan grande era la fuerza de su amor. Y

siguió l amando a la sirenita cada mañana, y todas las tardes la volvía a l amar y pasaba las noches repitiendo su nombre. Sin embargo, el a nunca salió del agua para encontrarlo, ni tampoco pudo encontrarla en ningún lugar del mar, a pesar que la buscó en las corrientes, y en los val es que hay debajo de las olas; la buscó en el mar que al atardecer se tiñe de rojo, y en el mar que al amanecer se vuelve gris.


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