El secreto de la vida
El secreto de la vida En el número de hoy de su diario afirma usted que mi breve carta publicada en sus columnas es la «mejor respuesta» que puedo dar a su artículo sobre Dorian Gray. No es cierto. No tengo la intención de discutir aquí la cuestión de manera exhaustiva, pero me siento obligado a decir que su artículo contiene el ataque más injustificable que se haya hecho contra cualquier hombre de letras en muchos años. Su autor es incapaz de ocultar su malevolencia, lo cual anula en cierta medida el efecto que pretende causar, y no parece tener la menor idea de la actitud con que debe uno aproximarse a una obra de arte. Decir que un libro como el mío debería «arrojarse al fuego» es una estupidez. Eso es lo que se hace con los periódicos.
Ya me he referido en otras ocasiones al valor de la crítica pseudoética de las obras de arte. Pero, puesto que su colaborador se ha aventurado en el peligroso terreno de la crítica literaria, le ruego me permita, y no solo a mí sino a cualquiera para quien la literatura sea una de las bellas artes, decir unas palabras sobre su método crítico.