El secreto de la vida

El secreto de la vida

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No cabe duda de que es de la unión del helenismo —con su amplitud, sus cuerdos propósitos y su calmosa posesión de la belleza— con el intenso individualismo adventicio y el apasionado colorido del espíritu romántico, de donde surge el arte del siglo XIX en Inglaterra, como si de la unión de Fausto y Helena de Troya surgiera el hermoso efebo Euforión.

Expresiones como «clásico» o «romántico» a menudo corren ciertamente el riesgo de convertirse en meras muletillas escolásticas. Debemos tener siempre presente que el arte solo tiene una cosa que decir: para él solo hay una ley suprema, la ley de la forma o la armonía. No obstante, podemos afirmar que entre el espíritu clásico y el romántico hay al menos la siguiente diferencia: que uno se centra en el tipo y el otro en la excepción. Las obras producidas bajo el espíritu romántico moderno ya no abordan las verdades permanentes y esenciales de la vida; lo que el arte se esfuerza en expresar es la situación momentánea de esto y el aspecto momentáneo de aquello. En la escultura, que es el arquetipo de uno de esos espíritus, el sujeto predomina sobre la situación; en la pintura, que lo es del otro, la situación predomina sobre el sujeto.



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