Poemas en prosa
Poemas en prosa En los Infiernos, entre toda la excelente compañía que siempre se encuentra allí de amantes, hermosas damas, sabios, poetas y astrólogos, en medio del incesante movimiento de cuerpos condenados, revolviéndose y debatiéndose para librarse del tormento de sus almas, veíase a una mujer sentada aparte, sola y sonriente. Su ademán era el de quien escucha, levanta la cabeza y en lo alto los ojos, como si una voz de las alturas la atrajese.
—¿Quién es esa mujer? —inquirió un recién llegado, sorprendido por la extraña hermosura de su rostro y aquella mirada cuya expresión no alcanzaba a leer—. ¿Quién es esa mujer de suaves miembros marfileños y larga cabellera que la envuelve desde los brazos hasta las manos, inmóviles sobre el regazo? Es aquí la única alma cuyos ojos se hallan siempre fijos en lo alto. ¿Qué secreto es el que guarda allá arriba, en la alacena de Dios?
Apenas había acabado de hablar, cuando un hombre, que llevaba en la mano una corona de hojas mustias, apresuróse a contestarle:
