Teleny
Teleny Cogiendo entonces aquel miserable trozo de papel, lo colocó sobre las cenizas del brasero: la carta maldita se retorció, chasqueó, y una llama instantánea la redujo a la nada. Pronto no fue más que un pequeño jirón negro, aplastado, recorrido por minúsculas serpientes de fuego persiguiéndose y devorándose entre sí. Una bocanada de aire lo elevó luego por el tiro de la chimenea, hasta desaparecer como un pequeño demonio negro.
—Me pareció como si nos lanzara una amenaza antes de desaparecer —hice observar a mi amigo—. Sólo espero que Bryancourt no se interponga jamás entre nosotros.
—Podemos desafiarlo —respondió él sonriendo.
Y tomando a la vez mi pene y el suyo, se puso a menearlos a ambos.
—Éste es el exorcismo más eficaz que se emplea en Italia contra el mal de ojo.
Pero no tengas miedo, sin duda en este momento Bryancourt ya nos ha olvidado, y ni siquiera recuerda esa absurda nota.
—¿Qué te hace suponer eso?
—Que ha encontrado otros amores.
—¿Quién? ¿El oficial de colonias?