Teleny
Teleny —Por supuesto. Es el vicio el que nos hace supersticiosos. ¿Y qué es la superstición sino una forma desnaturalizada de la religión? Es el pecador y no el santo quien tiene necesidad de salvadores, mediadores y sacerdotes. Si nada tiene usted que expiar, ¿para qué sirve la religión? La religión en modo alguno es un freno para una pasión que, aunque denominada «contra natura», se halla tan profundamente arraigada en nuestra naturaleza que la razón no puede ni extirparla, ni enmascararla. Los jesuitas son los únicos sacerdotes de verdad.
Lejos de abandonar al pecador a la desesperación de la condenación eterna, como hacen los sectarios, poseen mil paliativos para las enfermedades que no pueden curar, y un bálsamo especial para cada conciencia en exceso cargada de pecados.
Pero volvamos a nuestra historia.
El tiempo pasaba y yo vivía feliz con mi amor por Teleny; porque ¿quién no hubiera sido dichoso con alguien tan hermoso, tan bueno y tan hábil artista como él? Sus ejecuciones eran ahora tan geniales, tal llenas de alegría y vida, tan transidas de exuberante alegría, que su reputación crecía por momentos ante el favor del público, y cada vez eran más numerosas las pasiones que despertaba entre las damas. ¿Pero qué podía temer yo? ¿No era acaso todo mío?
—¿No estaba, pues, usted celoso?