Teleny

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Capítulo IX

DURANTE los tres últimos días, y a pesar de los urgentes requerimientos de mis negocios, había sido incapaz de hacer nada en mi despacho. La marcha de Teleny, no obstante, me hizo presentes todas estas obligaciones aplazadas y, reprimiendo mi tristeza, me puse a responder la correspondencia pendiente y di las órdenes oportunas para entregar los pedidos más urgentes. Trabajé enfebrecido, más como una máquina que como una persona, y durante horas permanecí sumergido en complicadas transacciones comerciales. No obstante lo cual, mientras mi cabeza se hallaba ocupada por las necesidades contables, no podía apartar de mi pensamiento la cara de mi amigo, sus ojos cargados de tristeza, y su boca voluptuosa, en la que asomaba la amarga sonrisa de la despedida, mientras el amargo regusto de su último beso afloraba constantemente a mis labios.

Y, sin embargo, ¿por qué trabaja yo? ¿Era por afán de lucro, por satisfacer a mis empleados o por el trabajo en sí mismo? Ciertamente no podía decirlo, Creo que trabajaba por la excitación febril que el trabajo proporcionaba, del mismo modo que se juega al ajedrez para distraer al cerebro de los pensamientos que lo oprimen.

Abandoné mi despacho al caer la noche.


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