Una Casa de granadas
Una Casa de granadas El lobo tenÃa una mente completamente práctica, y siempre tenÃa a punto un buen razonamiento. —Bueno, por mi parte —dijo el picoverde, que era un filósofo nato— no me interesa una teorÃa pormenorizada de explicaciones. Las cosas son como son, y ahora hace un frÃo terrible.
Y un frÃo terrible hacÃa, ciertamente. Las pequeñas ardillas, que vivÃan en el interior del alto abeto, no hacÃan más que frotarse mutuamente el hocico para entrar en calor, y los conejos se hacÃan un ovillo en sus madrigueras, y no se aventuraban ni siquiera a mirar afuera. Los únicos que parecÃan disfrutar eran los grandes búhos con cuernos. TenÃan las plumas completamente tiesas por la escarcha, pero no les importaba, y movÃan en redondo sus grandes ojos amarillos, y se llamaban unos a otros a través del bosque:
—¡Tu-uit! ¡Tu-ju! ¡Tu-uit! ¡Tu-ju! ¡Qué tiempo tan delicioso tenemos!