Una Casa de granadas
Una Casa de granadas La princesita paseaba arriba y abajo por la terraza con sus compañeros, y jugaba al escondite alrededor de los jarrones de piedra y de las viejas estatuas cubiertas de musgo. En días ordinarios sólo le estaba permitido jugar con niños de su propio rango, así que siempre tenía que jugar sola, pero su cumpleaños era una excepción, y el rey había dado órdenes para que pudiera invitar a cualquiera de sus amiguitos que tuviera a bien que fueran a divertirse con ella. Había una gracia majestuosa en los suaves movimientos de aquellos esbeltos niños españoles; los muchachos, con sus sombreros de gran airón y sus capas cortas revoloteantes; las niñas, recogiéndose la cola de sus largos vestidos de brocado y protegiéndose los ojos del sol con enormes abanicos negro y plata. Pero la infanta era la más grácil de todos y la que iba ataviada con más gusto, según la moda algo recargada de aquella época. Su vestido era de raso gris, con la falda y las anchas mangas abullonadas bordadas en plata, y el rígido corselete guarnecido de hileras de perlas finas. Dos chapines diminutos con grandes escarapelas color de rosa le asomaban debajo del vestido al andar. Rosa y perla era su gran abanico de gasa, y en los cabellos, que como una aureola de oro desvaído brotaban espesos en torno a su carita pálida, llevaba una hermosa rosa blanca.