Una Casa de granadas

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El pescador y su alma

Todas las tardes salía al mar el joven pescador y arrojaba sus redes al agua. Cuando el viento soplaba de tierra, no cogía nada, o poca cosa, en el mejor de los casos, pues era un viento cortante de alas negras, y olas encrespadas subían a su encuentro. Pero cuando soplaba el viento hacia la costa, salían los peces de las profundidades y entraban nadando en la trampa de sus redes, y él los llevaba al mercado para venderlos.

Todas las tardes salía al mar, y una tarde la red pesaba tanto que apenas podía arrastrarla para subirla a la barca. Y riéndose se dijo:

—Seguramente he cogido todos los peces que nadan, o he atrapado a algún monstruo torpe que será una cosa asombrosa para los hombres, o algo horroroso que la reina deseará tener.

Y juntando todas sus fuerzas tiró de las ásperas cuerdas hasta que, como líneas de esmalte azul alrededor de un jarrón de bronce, resaltaron las largas venas de sus brazos. Tiró de las cuerdas delgadas, y más y más se acercaba el círculo de corchos planos, y la red subió al fin a la superficie del agua.

Pero no había dentro pez alguno, ni monstruo ni cosa que diera horror, sino solamente una sirenita profundamente dormida.


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